por Manuel López, profesor universitario y periodista
Bebemos lo que nos dicen. Comemos lo que nos indican. Y… leemos lo que nos recomiendan los medios. Bueno, en realidad no son los medios periodísticos los que nos dicen qué tenemos qué leer. Ellos están sometidos al imperio del gran negocio de las editoriales. Muchas de estas empresas están, ahora, ligadas a capital extranjero, poco considerado con las culturas. locales Vamos hacia una gran homogeneización cultural en la que todo se parece, todo es igual.
¿Hablamos de cultura? Cultura viene del latín colo, colere, cultum, es decir, cultivar. En nuestro mundo viene a significar que la cultura es un bien intelectual que sirve para mejorar a la gente, al pueblo. Se le cultiva para que sepa afrontar los problemas para que se enriquezca con nuevos saberes y pensamientos… o al menos eso espero.
La cultura deja de tener un valor simbólico para medirse por su valor económico, o al menos eso se lee en el Chat GPT, al que a veces es aconsejable acercarse, eso sí, con gran prevención.
No nos debe extrañar que las secciones literarias de los periódicos, tv, radio y digitales coincidan, día a día, en sus recomendaciones. Hay una cierta unanimidad en ofrecer “sus recomendaciones culturales” en forma contradictoria con lo que significa el término.
No es casualidad, estamos ante el efecto del dictado mercantil. Hay ejemplos de mercantilización que hacen reír. Cuando yo ejercía de periodista en EL PERIODICO DE CATALUNYA se nos invitaba a una gran cena para dar a conocer el premio Planeta.
Los invitados no éramos seleccionados, sencillamente se hacía listas de periodistas a bulto y cuantos más fueran, mejor para la empresa de la familia Lara, propietaria de la editorial Planeta.
Al entrar o al salir se nos obsequiaba con algún electrodoméstico: quizás una plancha, o un aparato de radio. Como es lógico, la mayoría de los asistentes acudían para obtener el obsequio.
Lo de menos era el premio. Ya se sabe que el premio Planeta no es de los más prestigiosos de las letras españolas. Un paseo por internet nos indica que en nuestro país se convocan no menos de cien premios literarios cada año. Algunos muy prestigiosos, como el Nadal. Pero no tienen el empuje publicitario del premio de los Lara.
Pero esa gran cena-obsequio del Planeta consigue algo que ya tenían pensado sus convocantes: un notable impacto en los medios. Es decir, publicidad gratuita. Y en esa trampa caen todos los periódicos, especialmente los más importantes, La Vanguardia, El País…etc
El premio Planeta está bien dotado, ya que el ganador se lleva un millón de euros, de los que le quedarán poco más de la mitad tras cumplir con Hacienda. Pero es un premio poco prestigioso, a pesar del impacto publicitario, que en la última edición ganó Juan del Val. Esta ha sido la primera ocasión en que el ganador ha sido criticado por casi todos los medios. Especialmente porque está íntimamente relacionado con la editorial y, luego, porque la crítica literaria no le da demasiado valor. Tampoco le da prestigio su aportación al programa de Tv “El Hormiguero”, de gran audiencia, pero de escasa importancia cultural.
Pero la mercantilización de la cultura es un síntoma de que la sociedad se cierra el futuro. Si no hay crítica, no hay reflexión. La mercantilización de la cultura nos lleva a que un buen profesor de literatura de la antigua Escuela Oficial de Periodismo de Barcelona, ya muerto, me dijo un día que él formaba parte del jurado del premio Planeta porque tenía cuatro hijos, y con algo había que alimentarlos.
Era un profesor extraordinario, de los que te abre los ojos ya en su primera lección. Pero era significativo que un buen intelectual tuviera que pasar por ese trago, es decir, aceptar a pie juntillas las decisiones empresariales, tomadas antes que ni siquiera se hubiera reunido el jurado.
Todo esto lo saben los medios, los periodistas llamados “culturales”, más pendientes de cobrar a final de mes que a escribir de lo que saben, lo que intuyen qué pasa entre bambalinas, que deben investigar el por qué a Juan del Val se le ha concedido tan suculento premio.
El pasado año Planeta vendió 46 millones de ejemplares. No está nada mal por una obra mediocre. Si multiplicamos esa cifra por los 20 euros que puede costar cada ejemplar nos sale una cifra más que importante: 900 millones de euros.
Pero sigamos hablando de la mercantilización. Ese proceso llega también a las librerías. Existe una en el bohemio barrio de Gracia, de Barcelona, la librería Taifa, que a pesar de estar muy arraigada al barrio no vende la obra literaria de los escritores de la zona. En Gracia hay unos cien escritores, muchos de ellos en gestión de autoedición, a los que sus vecinos no pueden llegar porque Taifa sólo vende lo que le exigen los distribuidores y las empresas editoriales.
Taifa ha olvidado su función: hacer llegar al público lo que se edita, lo que se publica, lo que se tiene que ofrecer al público para que elija. Y más si se trata de escritores del barrio. Pero si se restringe la oferta a lo que digan las editoriales, poca cultura se está generando.
No deja de ser cierto que La Vanguardia, El País y casi todos los medios españoles adolecen de una falta de ética periodística que les obligaría a entrar a fondo en la producción literaria que se genera en el país, y no solo la que deciden las grandes empresas,
No es de extrañar que los grandes periódicos estén a punto de desaparecer en los quioscos y que sus ediciones digitales sólo sirvan para leer los titulares mientras tomamos el café. Nadie entra en las páginas culturales de los diarios, ¿para qué hacerlo?, ¿para qué seguir a medios que convierten el arte en mercancía?
por Manuel López, profesor universitario y periodista










